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El auditorio que ya cada vez es menos auditorio y más palacio de congresos y centro de exposiciones sigue dando vueltas por la actualidad de la ciudad. Dado que cada vez son más las voces que cuestionan la oportunidad y conveniencia de desfondar las arcas municipales ante la fuga de capitales que ha sufrido el proyecto por parte del resto de instituciones, tuvo el equipo de gobierno municipal la feliz idea de encargar un estudio de viabilidad o un informe de impacto económico.

Resulta curioso, así por empezar, que una vez que tenemos al arquitecto, al experto en acústica y hasta al gerente del proyecto y cuando incluso estamos ya prestos y dispuestos a iniciar la construcción y damos los últimos pasos para selecionar al inventor del nombre, nos preocupemos de analizar si el proyecto en si es no ya rentable, sino cuando menos viable y en todo caso en qué medida lo será y para quién.

No he tenido aún acceso al informe que se presentó ayer, pero he podido leer algunos artículos al respecto y he tenido ocasión de escuchar a los ediles vitorianos hablar sobre el asunto esta mañana en Radio Vitoria. Con esos escasos datos me preocupa, eso sí, lo inexactas que pueden llegar a ser las ciencias exactas en manos de algunos hábiles oradores o desprevenidos periodistas.

No entraré a considerar en exceso las palabras de Gutierrez, concejal de hacienda, defendiendo que el no haber contemplado en el estudio los costes financieros (devolución de préstamos y pago de intereses) se debe a que es un estudio de impacto y no una cuenta de resultados. Como sabiamente afirma en defensa de su tesis no puede haber cuenta de resultados porque el centro no existe. Pero con la misma contundencia puede afirmarse que para eso se inventaron los presupuestos, donde el prefijo pre, indica que son previos a una realidad aún no existente, y lo de supuestos debe ser porque nunca se cumplen, al menos totalmente. Es lo que tiene la realidad. En cualquier caso en los pre-supuestos deben tenerse en cuenta todos los supuestos, y los más costosos más aún, si de lo que se trata es de hacerse una idea del agujero o del montón que un proyecto generará. Sólo que en este caso uno tiene la impresión de que no se trata de un estudio de impacto, ni de una cuenta de explotación ni tan siquiera de un presupuesto. Esto da toda la impresión de que es un porsupuesto, cuya misión fundamental es demostrar que, por supuesto, el proyecto es viable e incluso será rentable. Eso aún a pesar de que su pieza estrella, el auditorio, se reconozca de inicio como crecientemente ruinoso.

Pero volviendo a las ciencias exactas hay algunas cosas que llaman la atención. Se habla de repercusión fiscal y de incremento del PIB. Eso último suena especialmente curioso, o genérico según se prefiera. Crece el PIB ¿de quien? ¿Del sector hostelero? ¿De los promotores de espectáculos? ¿De las empresas dedicadas a la organización de eventos? ¿De las tiendas de regalos? ¿Ponen algo todos estos en el coste de construcción del inmueble? ¿Me harán algo a mi para que también pueda ganar dinero? No sé, ponerme una peluquería o pagarme la reforma de mi carnicería. Me temo que no.

Pero lo mejor es lo de los 2.643 puestos de trabajo durante los casi tres años que duren las obras. Los que no han contado los intereses saben con precisión la plantilla de fontaneros y el número de pintores, por no hablar de albañiles y ferrallistas. Hasta saben fijo cuantos becarios harán fotocopias en el estudio del arquitecto. Y se quedan tan anchos, y lo repiten unos y otros. Y uno echa de menos a un jubileta de esos que frecuenta las vayas de las obras para que les explique que una cosa es trabajar tres años y otra cosas es que seis contratas o subcontratas manden a un trabajador a una obra durante seis meses o a treinta y seis durante un mes. Vamos, que confundir el que a lo largo de una obra participen 2.643 personas trabajadoras durante más o menos tiempo con la expectativa de que una obra vaya a crear 2.643 puestos de trabajo durante tres años no sólo es inexacto, es incluso sesgado y por qué no decirlo, interesado.

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