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ANA JULIA VALBUENA : El urbanismo no puede reducirse meramente a aplicar normativas. Ha de partir de la comprensión de la situación vital de los ciudadanos, es especial de lo que presentan problemas para «usar y disfrutar de la ciudad». La accesibilidad debe ser para todas las personas, independientemente de su edad, sexo y condiciones físicas o mentales. Las ciudades sin accesibilidad física son ciudades no inclusivas para sus poblaciones, especialmente para los mayores. Y respecto de las ciudades, expresamos que su falta de accesibilidad se debe a la enorme existencia de barreras arquitectónicas, urbanísticas, del transporte y de la comunicación. Nuevas y viejas formas de envejecer coexisten simultáneamente en la ciudad. Coinciden también estados de dependencia grave con situaciones funcionales de autonomía completa. El diseño de ciudades inclusivas puede ser la clave para derribar las fronteras que separan el domicilio del anciano del espacio exterior.

El proceso de envejecimiento determina para la persona una nueva conexión con el espacio y el tiempo, y por tanto con la ciudad: una progresiva disminución de habilidades físicas, funcionales y cognitivas y con una menor posibilidad de adaptación a cambios y a situaciones estresantes. La falta de control sobre el medio provoca situaciones de disconformidad, desequilibrio e insatisfacción. Si los mayores no pueden establecer un vínculo afectivo con el espacio urbano se alejarán de él y se refugiarán en espacios privados, como el propio domicilio o el centro en el que se resida. De esta forma se pierde la dimensión básica de sociabilidad imprescindible en el desarrollo de la persona. Di Vëroli llama «Iatrogenia social urbanística» a la progresiva reclusión de las personas mayores en sus viviendas, la pérdida de vínculos sociales y la nula participación de una ciudadanía plena por motivos de diseño urbanístico.

Dos centímetros son lo que separan a las personas mayores de las personas jóvenes. Se estima que la elevación del pide con respecto a la horizontal es dos centímetros menor en personas mayores que en personas jóvenes. La gran urbe debiera compensar amablemente esta diferencia, apenas perceptible.

Al referirnos a las viviendas de los mayores, debemos destacar que el problema que ellas presentan es su falta de accesibilidad, por las características de sus diseños antiguos, y su bajísimo mantenimiento, por falta de recursos económicos.

La vivienda no es un espacio cualquiera, ya que es el ámbito más propio, íntimo y personal. Las actuales viviendas de los mayores tienen barreras arquitectónicas que son c ausa de caídas, las que constituyen un grave problema. El 70% de las caídas se producen en las viviendas y el 30% restante en el espacio público y en el transporte. Las caídas en el hogar son mortales para los adultos mayores, en un 40% para mujeres y en un 20% para hombres. Pero muchos de los que sobreviven quedan con secuelas que muchas veces por sus edades avanzadas, constituyen discapacidades severas. Todo este panorama va acompañado por el temor a nuevas caídas, lo que empieza a atentar contra la movilidad y el aseo personal: se van reduciendo las actividades de la vida diaria. Todo esto se transforma en disminución o pérdida de la autoestima y depresiones severas que pueden concluir con la muerte social o física.

Existe una tendencia a aislar los espacios residenciales destinados a las personas mayores, en las zonas periurbanas de ciudades y pueblos, que dificultan el acceso de los residentes a los servicios que ofrece la ciudad. Promover la inclusión de viviendas para personas mayores en zonas integradas de la ciudad, contribuiría a que los residentes pudieran usar la ciudad, participar en dinámicas socializadoras y sentirse integrados.

Puyuelo y Gual (2009), tras un trabajo realizado, destacan la importancia que los parques urbanos tienen para las personas mayores. En este estudio se constata la frecuencia de uso diaria y en cualquier franja horaria, así como la fidelidad al mismo parque y la presencia de emociones positivas satisfactorias al permanecer en estas zonas. Otros resultados obtenidos fueron la preferencia de las personas mayores por los trayectos lineales y rectos y el uso mayoritario de las zonas con proporciones amplias y con buena visibilidad para permanecer en ellas. Uno de los elementos de mobiliario urbano más valorados por las personas mayores son la presencia de servicios públicos, inexistentes prácticamente en nuestro país. En cuanto a los bancos, el diseño longitudinal de los asientos provoca que el banco se considere ocupado aún cuando solamente hay una persona sentada. A este inconveniente, se suma que la disposición lineal de los asientos, al reunirse cuatro o más personas obliga a que al menos uno de ellos permanezca de pie o girado si quiere participar de la conversación. Estas consideraciones han llevado a la adquisición de un nuevo mobiliario urbano que haga posible una ubicación circular en lugar de una ubicación lineal. La disposición circular de los asientos, favorece la relación social y la comunicación entre los usuarios.

Las ciudades inclusivas han de brindar un espacio que contenga, comprenda y proteja a los mayores. La amabilidad de las formas busca el fácil reconocimiento del entorno y de sus partes, imprescindible cuando disminuya la memoria y la capacidad de orientación: organizaciones espaciales claramente identificables, tiempos de movimiento y recorrido realizables (semáforos, escaleras mecánicas, ascensores, etc); y caminos y accesos reconocibles y diferenciables, son esenciales cuando llegamos a mayores.

Con un hábitat inclusivose podrá hacer realidad las palabras de Ingmar Berg man, que expresaba que «envejecer es como subir a una montaña, a cuya cima se llega con el aliento entrecortado y las piernas cansadas, pero desde la cual se divisa un magnífico panorama».

* Ana Julia Valbuena, Psicóloga

* Diario de León - Opinión - 13.10.10

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