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Vivir a dos metros escasos de un agujero invadido por palas y excavadoras es una experiencia definitivamente inolvidable. Por lo insufrible. Más aún si ese agujero lleva por nombre Amárica. Los vecinos de la plaza bajo la que el alcalde se empeñó en construir un parking intentaron, al principio, frenar el proyecto como fuera porque consideraban que iba a acrecentar el caos circulatorio de Florida y Manuel Iradier. Ahora sólo desean que principios de 2011, fecha del fin de las obras, llegue cuanto antes: para ellos, la bendición del día no es volver a casa tras un duro día de trabajo, sino tener motivos por los que estar en la calle. Los ruidos penetran sin ningún pudor en los pisos, la suciedad se almacena a las entradas de los portales, los cristales tiemblan, el suelo vibra. Muchas molestias que, para colmo, han ido acompañadas de sustos. Un garaje se inundó el año pasado, cosa que jamás había sucedido. Y recientemente una comunidad de vecinos ha visto cómo una grieta ha ganado centímetros.

“Las obras son así”, les dicen quienes no están en su pellejo. Pero ellos, que las padecen día a día, afirman que ésta no es una obra cualquiera. Por su dimensión, por el ruido ensordecedor que supone picar la piedra que emergió hace un tiempo, pero también por ciertos detalles cuestionables que desde el principio la han acompañado. Mari Ángeles asegura que ha habido muchos días en los que las máquinas han comenzado a trabajar “a las siete y media de la mañana”, pese a que la normativa establece el inicio a partir de las ocho. “Hubo una vez, incluso, en que a las diez y media de la noche todavía estaban ahí los operarios. Tuvimos que llamar a la Policía para que pararan”, critica la vecina. Raquel también critica la falta de respeto de la empresa con los horarios y, al igual que su compañera de batalla, se queja del ir y venir continuo de máquinas. “Al parecer, por cómo es la vía de salida, tienen que sacar unas para meter otras”. Eso se traduce en más molestias: por ejemplo, ruido añadido al que procede del propio agujero.

Jon Ander acaba de superar la etapa de exámenes más desesperante de toda su vida. “El estruendo empezaba antes de las ocho, paraban un rato para comer y volvían a las tres. Era muy difícil concentrarse. ¡Y no hay forma de echar la siesta!”, lamenta. Las convulsiones de las ventanas le han acompañado durante muchas horas de estudio. A veces, incluso, las vibraciones del suelo. “Y en los garajes se nota más”, dice. Los comerciantes, muchos de ellos con locales con sótano, bien lo saben. Y los que trabajan a pie de calle, también.

“Hace unos meses era peor. Daba la sensación de que el edificio se iba a caer”, sostiene Arantza, trabajadora de Multiclínica Laserdental. “Hemos tenido vibraciones incluso en las zonas más alejadas del local, y eso no da mucha tranquilidad”, añade Elvira, directora del centro médico-estético Hedonay, quien ha tenido que combatir los ruidos a golpe de cuerdas vocales. “Al principio, sobre todo, si quería que los clientes me oyeran tenía que levantar la voz”, asegura. “La sensación resulta angustiosa”, añaden desde la peletería Luchy, un comercio que, al igual que otros establecimientos ubicados en torno a la plaza, está sufriendo el agujero en su bolsillo. “Han caido mucho las ventas, pero es lógico. Esto es un callejón”, lamenta la dependienta.

Entre la valla perimetral y los edificios hay poco espacio. Y eso no anima al tránsito peatonal. “Ha bajado la clientela”, reconoce Elena, propietaria de la peluquería Rowel&Itza. En cualquier caso, lo realmente grave de la estrechez es la dificultad de acceso para los servicios de emergencia. “Con las nevadas se nos formaron carámbanos, y los Bomberos no pudieron retirarlos porque ni siquiera pudieron entrar. Esos días estuvimos muy preocupados”, asegura Mari Ángeles, quien se pregunta qué pasará el día que se produzca un incendio en una vivienda.

El desasosiego forma parte ya de la vida de quienes viven y trabajan en torno a la plaza. Al igual que la escoba. “Entra mucha suciedad, la lleva la gente en los zapatos, así que estamos todo el rato limpiando”, explica Arantza. “¿Polvo? Todo y más”, añade Arantza. Polvo, en el mejor de los casos, porque cuando llueve prima el barrizal. “La empresa no está teniendo ningún cuidado”, afirman los vecinos. Lo que les queda.

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