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DNA Existe un debate en Vitoria, y en otras muchas ciudades también, sobre la belleza o fealdad arquitectónica de los nuevos barrios. Que si los edificios de Lakua son horribles y están muy alejados los unos de los otros, que si en Salburua no se ha tenido en cuenta la armonía con el entorno, que si en Zabalgana se siguen cometiendo los mismos errores que en esas otras dos zonas de expansión… Seguramente tendrán razón en lo que dicen, porque son arquitectos quienes suelen expresar estas opiniones que alimentan tertulias radiofónicas o columnas de prensa: hablan sabiendo, que no es poco en los tiempos que corren. Ahora bien, tras examinar y poner nota a los edificios que configuran barrios como éstos, en ocasiones se infieren conclusiones erróneas sobre las costumbres de quienes los habitan: si usted vive en una zona cuyo urbanismo no guarda un cierto maridaje entre sus elementos y el entorno, su día a día no será tan bueno como el de quien tiene la suerte de habitar en un edén de fachadas melodiosamente construidas. Pues no. La vida de un barrio no depende del hormigón, de los balcones o de los miradores cubiertos para ganar espacio, sino de las personas que frecuentan sus calles, sus bares y sus áreas de diversión infantil. Salir a pasear hacia la izquierda o la derecha del portal, quedar para jugar una partida en el bar de la esquina -y ganarla, claro- o pasar media tarde en los columpios compartiendo con los vecinos las pequeñas angustias cotidianas son tres buenas maneras de vivir una vida de barrio. Y a quién le importa que sea feo

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