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Julio Iturri DNA primero fue la necesidad de vivir con más holgura y poder disponer de una habitación más; luego, la conveniencia de tener algo más de espacio en el salón y, más tarde, el capricho del jardín, además de, claro está, el garaje de dos plazas, el trastero y la buhardilla. A todo ello se fue sumando la mesa redonda con sombrilla, el cortacésped, los maceteros y hasta la pecera climatizada de colores de neón. Y la paz de haberse librado de los ruidos y las molestias de los vecinos. El siguiente paso sería una valla de hierro motorizada y la puerta blindada. ¡Ah! y la barbacoa con fondue, mueble-bar y columpios para los críos en la terraza, que son la presión de semejante hipoteca no está la cosa como para salir por ahí. Y así fue como la periferia de la ciudad se llenó de chalés, adosados, unifamiliares y sus vecinos empezaron a reclamar que les llevaran hasta allí un colegio, un ambulatorio, un polideportivo y una superficie comercial con aparcamiento por cada cuatro bloques, así como un lago artificial, arbolados aislantes y hasta un par de palmeras a la entrada. Sin ruidos ni bullicios, sin bares ni atascos, sin tiendas ni chiquillería tirando chinas a las latas, ni espacios comunes , ese sofisticado invento urbano que idearon los griegos. Y así fue como la ciudad se extendió en amplias superficies, pero sin vecinos. Cuentan que el centro, al ir despoblándose y para revitalizarlo , fue cubierto por una gran techumbre y sus calles se han convertido ahora en las galerías de un centro comercial gigante con calefacción subterránea.

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