DNA ME sorprende que de repente haya surgido ahora un colectivo de furibunda oposición a la tala de algunos árboles en el parque de Arriaga para ubicar la estación intermodal. No me sorprende que detrás esté la asociación de vecinos que creó el PP, interesada en poner todos los palos posibles en las ruedas del nuevo equipo de gobierno, o que haya los clásicos militantes verdes que se aferran a los árboles como si ésto fuera el Amazonas para montar campañas de sensibilización contra las talas para la fabricación de mesas, ventanas o los palos de madera que sostienen las pancartas de esos mismos ecologistas.
Pero sí me sorprende que a unos vecinos que hasta ahora no habían hecho ni caso a un parque que está siempre semivacío, que nunca han reclamado la mejora de su estanque ni se les ha ocurrido hacer una propuesta imaginativa de actividades se les ocurra ahora que tienen en sus manos nada menos que el Central Park y que no se pueden cortar cuatro árboles que hasta ahora casi no sabían que existían para levantar la ansiada estación de autobuses y ferrocarril de la ciudad, que llevamos años reclamándola, pero en algún sitio tiene que ir y, para ello, será inevitable cortar un árbol, quitar un césped o retirar maleza.
La única explicación que se me antoja es que los residentes de este barrio quieran sacar del Ayuntamiento algún tipo de compensación añadida por tener que sufrir , por otra parte, la revitalización de la zona y la revalorización de sus viviendas.
Desde luego, no sé si nos lleva a algún sitio esta tradición tan vitoriana de quedarnos todos sin tortilla por no querer romper media docena de huevos.
Luis Mª Alberdi
