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Correo La antigua N-1, ahora Avenida del Mediterráneo, siempre ha sido un foso atravesado por un puente. A un lado, el Seminario y su entorno. Al otro, Sansomendi y Ali, un nuevo barrio y un pueblo viejo. En medio, el vacío, zonas verdes y carriles, y un viaducto que con hielo y nieve es una trampa para los vehículos.
Esa brecha psicológica siempre ha pesado como una losa y una de las reivindicaciones históricas de las asociaciones de vecinos ha sido precisamente coserla a la ciudad. Pero cuando la posibilidad ha llegado con el plan especial de rehabilitación interior de esta zona, han surgido los problemas. Aunque el proyecto de construir 350 viviendas está paralizado por orden del alcalde Lazcoz, que ha prometido no hacer nada sin el consenso vecinal, el ambiente ya está caldeado.
El principal punto de fricción reside en la parte del plan que prevé levantar varias torres residenciales a apenas 25 metros de los bloques de 12 pisos que existen en la actualidad, a los que se accede por la plaza de los Goros. La posibilidad de que desaparezca el parque enciende a Pablo Ramos, de 55 años. «He visto plantar esos árboles. Tienen 28 años. Nuestros hijos han aprendido a andar en esos paseos. Lo han utilizado todos los colegios de la zona y ahora nuestros mayores. No puede desaparecer porque quieran construir viviendas», protesta.
Existe una unanimidad general sobre el vínculo sentimental creado con este paraje. «Desde el primer año las clases de yoga del centro cívico se hacían bajo estos árboles. Aquí han disfrutado tres generaciones», señala Mari Carmen Herrera. «Vivo en un segundo piso. Esas casas que quieren hacer se nos echan encima. Con todo el terreno que hay…», se queja Margarita Jiménez. «Compramos las casas con este jardín. Según nuestras escrituras esto es zona verde y no lo pueden modificar», apunta Valeriano Mayo. «A mí me cuesta creer todavía que lo hayan pensado», asegura María Blanco. Y así podrían hablar muchos vecinos.
Nace la plataforma
El plan municipal ha conseguido unir a los residentes que se quejan del aislamiento al que el Ayuntamiento está sometiendo al barrio con la supresión de accesos y calles. El estado de cabreo se convirtió en movimiento vecinal a principios de año. La plataforma creada ha conseguido unas 900 firmas de apoyo y ha superado la capacidad de respuesta de las dos asociaciones de vecinos oficiales del barrio, Ataria y Huetos Montal. «No nos sentimos representados por ellas», afirma la portavoz del colectivo, Esther Merino.
El radical rechazo de estos vecinos a construir cuatro de los 30 bloques previstos, los que más les afectan, no es compartido por los dos colectivos que alegan su legitimidad y su capacidad de interlocución con el Ayuntamiento. Antonio Estébanez, presidente de Huetos Montal, aclara que «no existe un proyecto concreto al que enfrentarse. Todo está en revisión». A su juicio, «apoyaremos lo que sea mejor para el barrio. Queremos estar comunicados, que nuestros hijos puedan volver a casa sin temor a las 3 de la madrugada por una calle y no por ese puente desolador».
El proyecto de permeabilizar con edificios la Avenida del Mediterráneo gusta tanto a la asociación Huetos Montal como a la de Ataria, que preside Domingo Morato. «Da la sensación de que mañana entrarán las excavadoras. Esto tardará un par de años todavía y tendrá que salir otro proyecto». Morato cree que cuando «haya una reunión con los afectados se aclararán los puntos divergentes. Los vecinos de Los Goros tienen derecho a reclamar».
Para empezar ya existe un punto común: la necesidad de quitar ese puente que divide Sansomendi del resto de Vitoria.

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